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viernes, julio 1, 2022

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Rufete, Moreno, Mao y Chen: espada de Damocles

«Venimos de dos años con un ambiente difícil, y todo lo que no sea ganar un partido sabemos que trae consecuencias». La frase, realista y reveladora, la pronunció Vicente Moreno este pasado jueves tras la derrota ante el Rayo Vallecano (0-1), minutos después de que la grada entonara al unísono el «Rufete, vete ya», y segundos antes de arrimarse disculpas por el mal partido y de admitir que “es una pena, pero es así, y nuestra obligación es colaborar con esa estabilidad ganando partidos”.

Parece asumir el entrenador del Espanyol –quien ya había mostrado síntomas de agotamiento un día antes al marcar distancias con un futuro en que tiene pacto en vigor– que el proyecto del club, o al menos su popularidad ante la masa social, pende de un hilo tan fino que se tambalea a la que sufre el equipo una derrota en el RCDE Stadium, sin embargo sea ante solo 11.873 espectadores. Es posible que no se ponga en valor la excepcional temporada en casa –con 31 puntos de los 39 que obran en su poder en la clasificación–, pero también es muy probable que esos buenos números hayan servido de salvavidas para una hoja de ruta con la que la afición cada vez comulga menos. La prueba es que el gol de Wu Lei ante el Celta no eliminó el plebiscito contra el director deportivo, en menor medida contra la directiva, simplemente lo aplazó al siguiente encuentro en Cornellà.

Ese examen continuo en las dos últimas temporadas, esa espada de Damocles que señalaba Moreno, no va tan dirigido a su gestión –que puede gustar más o menos, provocar un sano debate estilístico o sobre jugadores utilizados, pero ha cumplido en ambos casos el objetivo y antes de tiempo– como a la mochila que portaban el club y sus seguidores cuando el entrenador aterrizó. Él logró que los futbolistas descargaran de sus hombros el insoportable báscula del descenso, pero nadie en otras instancias de la entidad consiguió que ese pecado original, esa losa de la peor campaña de la historia, cayera en el olvido, cuando menos aún fuera perdonada.

Y ahí es donde emerge, al mínimo contratiempo, la figura de Francisco Joaquín Pérez Rufete. Ni el ascenso, ni el acierto eventual en fichajes –por ejemplo, a la hora de convencer a Raúl de Tomás, por mucho que se abonaran 20 millones fijos, ya que también lo merodeaba el Sevilla– compensan para el grueso de aficionados el sonrojo de hace dos años. Justo o no, la disyuntiva actual, en que termina pacto pero Chen Yansheng puede ofrecerle la renovación, todavía polariza más las fobias.

Las capas de cebolla del presidente

Otra cosa es lo que Rufete decida, llegados al caso. O lo que finalmente determine Chen, poco amante de los cambios hasta que de repente sorprende con un volantazo, como ya ha demostrado en sobradas ocasiones con los hasta tres directores generales destituidos, el último José María Durán semanas atrás para dar el poder a Mao Ye Wu, quien este sábado hablará en el ‘stand’ del club por Sant Jordi, con la única misión de desvanecer dudas sobre el futuro. Un cambio de guion, su ascenso, que desde algún sector se interpretó como una victoria del director deportivo, y que en realidad descubre varias capas de la cebolla que aislaba al presidente de cualquier crítica.

Porque el desgaste existe inclbeneficio para quien ha invertido más de 200 millones en el Espanyol. Especialmente cuando, pasado el tiempo y tratándose de un club de fútbol y no de una fábrica al beneficio, el saneamiento se da por sentado y se espera que el dinero, como se dice vulgarmente, vaya al campo. Un paso que Chen no acaba de dar, y que no se divisa tampoco a corto o medio plazo. sin embargo, en realidad, muy poco se conoce de las intenciones del magnate chino. Otra de las causas de la erosión, del desarraigo, de una pérdida de conexión y de identidad que, más allá de los resultados, es lo que dota de sentido a este sentimiento llamado fútbol.

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